El colapso de una masa de hielo y roca habría desencadenado la riada mortal de Nepal

Expertos de la UB apuntan que el sismo detectado no sería el origen del desastre, sino el efecto del desprendimiento en alta montaña

27 de agosto de 2026 a las 18:02h

La inundación que ha devastado una zona de Nepal, en la frontera con el Tíbet, no se explicaría por un único episodio repentino, sino por una cadena de fenómenos de alta montaña que acabaron multiplicando la fuerza destructiva del agua. Esta es la lectura que hacen expertos de la Universidad de Barcelona, que sitúan el origen del desastre en el desprendimiento de una gran masa de hielo, roca y sedimentos.

El profesor de Geografía e Historia Marc Oliva apunta que el material habría caído desde unos 5.000 metros de altitud hasta cotas situadas alrededor de los 3.700 o 3.800 metros. Durante este descenso, el flujo habría arrastrado más sedimentos y materiales del valle, hasta convertirse en una avenida con una enorme capacidad de destrucción.

 

Una presa natural que podría haber reventado

Una de las hipótesis que gana fuerza es que el desprendimiento obturara temporalmente el valle y formara un tipo de presa natural. El agua se habría acumulado detrás de este bloqueo hasta que la presión habría hecho ceder el tapón, provocando una salida violenta aguas abajo.

Con todo, Oliva pide prudencia y recuerda que todavía habrá que confirmar si esta presa llegó a formarse. Según el profesor, el mismo volumen de hielo desprendido y su transformación en agua durante la caída también podrían explicar una parte importante de la inundación.

 

El terremoto no sería la causa

Las primeras informaciones apuntaban a un seísmo como posible desencadenante del desastre. Los expertos de la UB, sin embargo, plantean ahora una interpretación diferente: el movimiento sísmico detectado habría sido consecuencia del desprendimiento, y no su origen.

El seísmo fue la consecuencia, no la causa”, afirma Oliva. La caída masiva de hielo, roca y sedimentos habría generado una sacudida lo suficientemente importante como para quedar registrada por los sensores sísmicos.

La profesora de Ciencias de la Tierra Marta Guinau coincide en que la destrucción responde a “una concatenación de fenómenos”. El flujo no solo bajaba cargado de agua, sino también de bloques de roca, tierra, sedimentos, troncos y otros elementos que iba incorporando a su paso.

 

Un valle estrecho y abrupto

La configuración del terreno también habría sido decisiva. Los valles del Himalaya son estrechos y con pendientes muy pronunciadas, lo que concentra la inundación en un espacio reducido y aumenta su energía.

En un valle más abierto, el agua podría repartirse por una superficie mayor. En cambio, en un valle encajonado, la crecida puede generar columnas de agua de varios metros e impactar con mucha más fuerza sobre pueblos, carreteras, puentes y otras infraestructuras.

Guinau remarca que cuando un flujo arrastra carga sólida, como bloques, troncos, vehículos o contenedores, su capacidad destructiva se dispara.

 

El papel del calentamiento global

Los investigadores admiten que el calentamiento y el deshielo pueden favorecer desprendimientos de este tipo, pero evitan atribuir directamente este episodio concreto al cambio climático sin un análisis más detallado.

“El dedo acusador fácil es el cambio climático. Pero esto no lo podemos decir”, advierte Oliva. El profesor recuerda que los glaciares también pueden colapsar por procesos naturales y que hay que estudiar si estos fenómenos están aumentando en frecuencia, magnitud o extensión.

Sin embargo, las temperaturas más elevadas pueden incrementar la fusión del hielo y hacer llegar más agua hasta la base del glaciar, donde actúa como lubricante. Además, pueden degradar el permafrost, que ayuda a mantener cohesionadas las laderas de roca.

Guinau lo resume con una imagen clara: el hielo hace de “cemento” de la montaña. Cuando se funde, el macizo pierde estabilidad y los desprendimientos pueden producirse con más facilidad.

 

El reto de los sistemas de alerta

Los expertos también señalan la dificultad de prevenir estos episodios en zonas tan abruptas y extensas. El monitoreo puede detectar algunas señales previas, como aceleraciones del hielo o pequeños desprendimientos, pero en muchos casos el margen para avisar a la población es muy corto.

Oliva subraya que no todos los territorios tienen los mismos recursos. “El mismo proceso en Suiza y en Nepal no tiene nada que ver”, afirma. En los Alpes hay zonas inestables monitorizadas de manera constante, mientras que en Nepal la orografía, la dispersión de las poblaciones y las limitaciones económicas complican mucho la implantación de sistemas de aviso eficaces.

“Hay conocimiento científico. El problema radica en la implementación de estos sistemas de aviso a la población civil”, resume.

 

El peligro puede continuar

Guinau advierte que la riada no implica necesariamente que el riesgo haya desaparecido. La erosión de las laderas puede favorecer nuevos aludes y también podrían haber quedado bloques de hielo inestables delante del glaciar.

Los eventuales nuevos episodios serían previsiblemente de menor magnitud, pero la zona se encuentra en plena época de los monzones, con el terreno muy saturado de agua. Esto puede mantener la inestabilidad y complicar las tareas de emergencia y recuperación.

Añadir La Ciutat como fuente preferida de Google de forma gratuita

Mantente informado con las últimas noticias de actualidad

Activar ahora