El cambio de modelo del camping Bonavista de Calella ha obligado a unas sesenta familias a abandonar sus parcelas después de décadas de estancia. Según ha avanzado 3Cat, la nueva propiedad apuesta por sustituir a los clientes de temporada por turistas de corta estancia, centrados sobre todo en la temporada de verano.
El camping, fundado en 1966, había sido durante años un espacio de convivencia para familias que pasaban allí largas temporadas, algunas durante generaciones. Este modelo, sin embargo, desaparece con la nueva gestión, que quiere limitar las estancias a periodos de quince o veinte días y eliminar el uso residencial de las parcelas.
Desalojos y malestar entre los afectados
Los campistas denuncian que han sido obligados a marcharse con poco margen de tiempo y se sienten engañados. Según explican, habían recibido comunicaciones que hacían pensar en la continuidad del modelo anterior, pero pocos días después se les notificó que tenían que dejar las parcelas antes de finales de marzo.
En total, hay familias con caravanas, bungalós e incluso casas fijas que no se pueden trasladar. Ante esta situación, se han organizado en una plataforma y han buscado asesoramiento legal para defender sus derechos.
Un cambio de modelo turístico
La nueva propiedad defiende que su modelo es legal y responde a una apuesta empresarial clara: orientar el camping hacia un turismo de paso, más rentable y adaptado a las tendencias actuales. También aseguran que quieren atraer un perfil familiar y mejorar las instalaciones.
Este caso reabre el debate sobre el futuro del sector. Los afectados alertan que se está perdiendo un modelo de camping arraigado, familiar y de larga estancia, en favor de otros formatos más exclusivos o de tipo “glamping”, más caros y orientados a un turismo menos vinculado al territorio.
Un fenómeno que va más allá de un solo camping
El caso del Bonavista se inscribe en una transformación más amplia del sector turístico catalán, donde cada vez ganan peso modelos más intensivos y orientados a estancias cortas. Para los campistas afectados, sin embargo, la pérdida va más allá de un alojamiento: supone decir adiós a un espacio de vida compartida construido durante años.
