Los barceloneses que viven en la calle mueren 34 años antes que el resto

Un informe de Arrels alerta que las personas que viven a la intemperie mueren de media a los 49 años y que seis de cada diez acaban muriendo en la calle

28 de octubre de 2026 a las 12:48h

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La vida en la calle continúa teniendo consecuencias extremas sobre la salud y la supervivencia. Entre 2015 y 2025, un total de 682 personas que vivían o habían vivido en la calle murieron en Barcelona, según un informe presentado este miércoles por la Fundación Arrels.

El estudio, titulado 'Vivir en la calle mata. Personas en situación de calle muertas en Barcelona 2015-2025', pone el acento en una diferencia especialmente dura: entre las 204 personas que aún vivían en la calle en el momento de morir, la edad media de defunción era de solo 49 años.

Esto representa 34 años menos que la media del conjunto de la población barcelonesa. Casi dos de cada tres personas analizadas murieron antes de llegar a los 55 años.

 

Las mujeres mueren aún más jóvenes

Las diferencias también son significativas según el sexo. Entre las mujeres que vivían en la calle, la edad media de defunción era de 45 años, mientras que entre los hombres se situaba en los 50.

Arrels compara estos datos con la edad media de defunción en Barcelona durante 2025, que fue de 79,9 años entre los hombres y de 85,8 entre las mujeres.

La fundación considera especialmente preocupante esta brecha, que llega a rondar los 40 años en el caso de las mujeres.

 

Seis de cada diez mueren en la calle

El informe también analiza dónde mueren las personas en situación de sinhogarismo. Según los datos recogidos, un 60% de las personas que aún vivían a la intemperie murieron directamente en el espacio público.

La probabilidad de morir en la calle es casi veinte veces superior entre las personas sin alojamiento que entre aquellas que ya habían accedido a algún recurso residencial.

Un 35% de las defunciones, sin embargo, se produjeron en hospitales o centros sociosanitarios. Para Arrels, este dato muestra que el acceso puntual al sistema sanitario existe, pero que a menudo falla la coordinación con los servicios sociales y las alternativas residenciales.

 

Violencia, sobredosis y suicidio

Las causas médicas explican el 43% de las muertes de personas que vivían en la calle. Sin embargo, las causas externas tienen también un peso muy relevante. La violencia, las sobredosis y el suicidio representan conjuntamente un 27% de las defunciones analizadas.

Entre las mujeres destaca especialmente el impacto de las sobredosis, mientras que entre las personas más jóvenes las causas externas representan una parte especialmente elevada de las muertes conocidas.

La directora de Arrels, Beatriz Fernández, advierte de que la mortalidad no se puede explicar únicamente por el deterioro de la salud, sino también por las condiciones de exposición, inseguridad y riesgo que comporta vivir en la calle.

 

Tener alojamiento marca una gran diferencia

El informe compara también a las personas que todavía vivían en la calle con aquellas que ya habían accedido a algún tipo de alojamiento. En este segundo grupo, la edad media de defunción sube hasta los 62 años, trece años más que entre las personas que continuaban viviendo a la intemperie.

Además, tres de cada cuatro murieron por causas médicas y solo un 3% lo hicieron en el espacio público. El 94% de las defunciones se produjeron en hospitales, centros sociosanitarios, recursos residenciales o viviendas.

Para Arrels, el alojamiento no elimina automáticamente los efectos acumulados de años de sinhogarismo, pero reduce la exposición a riesgos y facilita el acceso a cuidados y seguimiento sanitario.

 

Arrels reclama más vivienda y mejor coordinación

La entidad concluye el estudio con varias propuestas para reducir esta mortalidad. Entre las principales medidas se encuentran ampliar los recursos residenciales estables, reducir el tiempo que una persona pasa viviendo en la calle y mejorar la coordinación entre los servicios sanitarios, sociales y de sinhogarismo.

También reclama reforzar los programas de reducción de daños y prevención de sobredosis, crear un registro estable de defunciones de personas sin hogar y revisar cada muerte para detectar posibles fallos del sistema.

Arrels defiende igualmente protocolos más claros para informar a las personas cercanas, gestionar las pertenencias de los difuntos y acompañar los procesos de duelo.

Sobre el autor
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Eric Mendo
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