Mientras una parte del centro de Andorra la Vieja continúa acumulando locales vacíos y negocios que bajan definitivamente la persiana, a pocos cientos de metros se está produciendo el fenómeno exactamente contrario. La frontera comercial entre Andorra la Vieja y Escaldes-Engordany se ha convertido en el escenario de un contraste cada vez más evidente: por un lado, una capital que ve cómo se va debilitando parte de su tejido comercial; por otro, una parroquia que concentra algunas de las inversiones comerciales más importantes de los últimos años.
La zona de las Arcadas, los tramos más altos de la avenida Meritxell y varias calles del centro acumulan cierres que, en muchos casos, no encuentran relevo. Locales que durante años habían formado parte del paisaje comercial continúan vacíos o esperan nuevos proyectos sin que se perciba una estrategia clara para revertir la situación.
En cambio, en el límite entre las dos parroquias, especialmente en el lado de Escaldes-Engordany, el panorama es radicalmente diferente. El nuevo centro comercial eo!, la llegada de firmas internacionales como Maisons du Monde y la apertura de nuevos establecimientos de restauración están configurando un nuevo polo de atracción comercial que amenaza con retener buena parte del flujo de visitantes en aquella zona.
La consecuencia es evidente: si el turista encuentra oferta comercial, restauración y servicios sin necesidad de continuar el recorrido hacia el centro de Andorra la Vieja, la capital corre el riesgo de perder una parte importante del tráfico de clientes que durante décadas había alimentado su comercio.
Ante este escenario, sorprende la falta de reacción política del Comú de Andorra la Vieja. Más allá de acciones puntuales o campañas de promoción, cuesta identificar un plan ambicioso que permita recuperar el atractivo comercial de las zonas que están perdiendo actividad. Las políticas impulsadas hasta ahora no parecen haber conseguido frenar la desaparición de negocios ni generar un efecto tractor que incentive nuevas implantaciones.
El comercio continúa siendo uno de los principales motores económicos de la capital. No solo genera actividad empresarial, sino que alimenta la restauración, los servicios y buena parte de la economía urbana. Por eso, ver cómo una parte de este tejido se va desplazando progresivamente hacia otras zonas sin una respuesta contundente por parte de la administración preocupa cada vez más.
La competencia entre parroquias es legítima e incluso positiva cuando sirve para dinamizar el país. El problema aparece cuando una de ellas parece haber asumido con resignación la pérdida de protagonismo comercial. Y hoy, la sensación que transmite Andorra la Vieja es precisamente esta: mientras el mapa comercial del país se redefine a gran velocidad, la capital continúa observando los movimientos desde la barrera.
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