Un año después de su inauguración, la remodelada Plaza del Pueblo de Andorra la Vieja continúa generando más críticas que elogios. El proyecto, una de las actuaciones urbanísticas más importantes de los últimos años en la capital, no ha acabado de convencer ni por su ejecución ni por el resultado final, después de un proceso de obras que ya se alargó mucho más de lo previsto.
Durante la ejecución de los trabajos, los retrasos provocaron malestar tanto entre los ciudadanos como entre los comerciantes de la zona. Pero los problemas no se acabaron con la inauguración. Uno de los episodios más controvertidos ha sido el de las filtraciones de agua hacia el parking Viñes, situado bajo la plaza. Unas goteras que han obligado a intervenir en diversas ocasiones y que han ocasionado importantes molestias a la propiedad del aparcamiento.
Más allá de los problemas constructivos, el debate se centra ahora en el diseño del espacio. La falta de sombra es una de las principales quejas de los usuarios. A pesar de que el proyecto incorporaba árboles y unas banderolas textiles con la voluntad de crear zonas protegidas del sol, la realidad es que los árboles, pocos y aún muy jóvenes, tienen una capacidad nula para generar sombra, mientras que las telas solo cubren una pequeña parte de la plaza y resultan insuficientes durante los meses de verano.
A esta situación se añade el color muy claro del pavimento, que incrementa la sensación de calor y provoca un fuerte deslumbramiento durante las horas de más insolación.
El parque infantil tampoco se ha escapado de las incidencias. Pocos meses después de la inauguración, el Comú ya tuvo que sustituir el tobogán principal. A pesar de esta actuación, otra crítica se mantiene: el hecho de que buena parte de los juegos sean metálicos hace que se calienten considerablemente bajo el sol. A las horas centrales del día, las superficies pueden alcanzar temperaturas muy elevadas, hecho que dificulta o incluso impide que los niños hagan uso de ellas con comodidad y sobre todo seguridad.
Los ascensores son otro punto controvertido. No se aprovechó las obras para hacerlos nuevos y estos han continuado dando problemas y estropeándose a menudo hasta que ha sido imprescindible cambiarlos, parando su funcionamiento durante meses cuando se podría haber sincronizado la actuación con las obras de la plaza.
Con todo, la plaza continúa siendo uno de los principales puntos de encuentro de la capital y acoge numerosas actividades durante el año. Sin embargo, doce meses después de su estreno, el balance ciudadano continúa marcado por las dudas sobre si el proyecto ha respondido realmente a las necesidades de los usuarios o si, por el contrario, ha priorizado la prisa por encima de la funcionalidad.
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