El cierre recurrente de la carretera, la persistencia del contrabando y la falta de un plan claro de reactivación están asfixiando el principal motor comercial del norte del país mientras comercios y hoteles acumulan pérdidas incluso en plena temporada alta.
El Pas de la Casa lleva meses dando síntomas evidentes de agotamiento. Lo que durante décadas ha sido uno de los grandes polos comerciales y turísticos del país vive hoy una situación que muchos empresarios ya definen, sin exageraciones, como una agonía lenta. Las causas son conocidas, reiteradas y, sobre todo, acumulativas: una mala imagen que no se corrige, problemas de accesibilidad constantes y una respuesta política que, de momento, no está a la altura de la dimensión del problema.
Por un lado, el relato del contrabando continúa pesando como una losa sobre la reputación del Pas, sumado a una falta de capacidad de reinventar la oferta comercial de Dutty Free. Lejos de revertirse, esta percepción negativa se ha ido consolidando con los años, sin que se haya articulado una estrategia clara y sostenida para cambiarla. El resultado es previsible: una parte del turismo ya no viene, y otra llega con una idea preconcebida que no ayuda ni al comercio ni a la hostelería ni a la imagen global del país.
Pero si la reputación es un problema de fondo, la accesibilidad se ha convertido en un problema inmediato y recurrente. Los cierres de la carretera que une el Pas con el sur de Francia se han ido sucediendo por motivos diversos: aludes de nieve, caída de rocas, obras, episodios meteorológicos adversos. El resultado práctico es siempre el mismo: incertidumbre, dificultades para llegar y, en consecuencia, menos visitantes.
Esta situación ha tenido un impacto directo sobre la actividad económica. Comercios y hoteles denuncian que, incluso en momentos tradicionalmente fuertes de la temporada alta, las ventas han caído de manera más que significativa. Allí donde antes había masificación los fines de semana, ahora muchos empresarios hablan abiertamente de “travesía por el desierto”. No es solo una cuestión de facturación: en algunos casos, la viabilidad misma de los negocios empieza a estar en juego.
Las obras de mejora de la principal carretera de acceso llevadas a cabo en los últimos años no han tenido, de momento, el efecto esperado. Lejos de convertirse en una palanca de reactivación, muchos actores locales consideran que han añadido más complicaciones a un entorno ya bastante frágil. La sensación generalizada es que se ha actuado a parches, sin un plan integral que combine infraestructuras, movilidad, promoción y reposicionamiento del Paso dentro de la oferta turística del país.
En cuanto a las respuestas institucionales, Gobierno y Común de Encamp han puesto sobre la mesa algunas medidas, pero con un alcance limitado. Entre ellas, una rebaja de los impuestos de radicación o la posibilidad de ajustar el precio del forfait para intentar atraer más visitantes hacia el Pas. Propuestas que, según muchos empresarios, son del todo insuficientes en un contexto en el que a duras penas pueden asumir gastos estructurales como las nóminas o los costes fijos de los establecimientos.
La crítica no se limita solo al ejecutivo y al común. La oposición tampoco ha hecho ninguna propuesta firme por el Pas de la Casa ni ha conseguido situar el debate en el centro de la agenda. En un momento en que el enclave afronta uno de los períodos más delicados de las últimas décadas, la ausencia de presión política y de propuestas alternativas sólidas refuerza la percepción de abandono.
El problema, además, va mucho más allá del mismo Pas de la Casa. Este núcleo ha sido históricamente uno de los motores económicos del país, con un peso relevante en la actividad turística y comercial y, por extensión, en el PIB andorrano. Su declive no es, por tanto, una cuestión local o sectorial, sino un síntoma que interpela al conjunto del modelo económico y turístico de Andorra.
