El Comú de Andorra la Vella ha decidido que nunca es tarde si hay talonario de por medio. Diez meses después de su apertura "accidentada", la corporación ha organizado una inauguración oficial para la plaza del Pueblo, que intentará tapar el reguero de noticias que ha protagonizado el espacio.
La intención del Comú es llenar el espacio y hacerlo parecer el punto neurálgico que se prometió. Pero la realidad es que, una vez se apaguen las luces de la celebración pagada por todos, los ciudadanos volverán a encontrarse con una plaza que suspende en funcionalidad. El balance de estos diez meses es, como mínimo, cuestionable.
El estado de la plaza durante este tiempo ha sido un dolor de cabeza constante para los usuarios y un goteo de reparaciones. El parque infantil nació con defectos graves. Se ha tenido que repintar y, lo que es más preocupante, modificar el tobogán porque representaba un peligro real para la seguridad de los niños. Cada vez que caen cuatro gotas, las filtraciones han sido el orden del día, poniendo en duda la calidad de la ejecución de unas obras que costaron (y siguen costando) millones. La conectividad vertical sigue siendo un drama. Los ascensores se estropean a cada rato, dejando a menudo colgadas a las personas con movilidad reducida o a las familias con carritos, especialmente los días que más se necesitan. Y, finalmente, un espacio central que no se utiliza y que se ha convertido en un monumento a la falta de planificación cultural y social.
Uno de los puntos más criticados es el diseño hostil del espacio. Parece que nadie pensó en la meteorología de Andorra, han tenido que instalar bancos nuevos porque los bancos originales son impracticables, en invierno el culo se te hiela y en verano la piedra quema tanto que es imposible sentarse. Además, la falta de sombras convierte la plaza en un desierto de cemento durante los meses de calor, vaciándola de vida de forma natural.
La situación de la Casa Pairal es quizás la más dolorosa. Los abuelos de la parroquia se sienten desplazados de un espacio que ahora funciona más como restaurante que como hogar para ellos. La queja es unánime: no pueden estar allí cuando quieren ni como quieren, perdiendo ese espacio de refugio y convivencia que necesitan y merecen.
En definitiva, la inauguración de este fin de semana no es más que un intento de tapar con ruido una gestión urbanística que ha priorizado la estética de render por encima de la vida real de los ciudadanos. Una plaza que, por mucho que se quiera "animar" a golpe de billete, sigue siendo un espacio frío, desangelado y lleno de parches.
