La escudellada de Sant Julià echa humo. La tradicional cita popular, organizada por la hermandad de Sant Sebastià en colaboración con el comú de Sant Julià de Lòria, ha aportado más de 50 voluntarios de la hermandad desde la madrugada para preparar 900 litros de escudella, suficiente para servir entre 2.500 y 2.600 raciones. Así lo ha celebrado Bruno Bartolomé, secretario de la organización encargada de hacer hervir las seis ollas de escudella laurediana, a la vez que ha apuntado que es una tradición histórica que no puede quedar en el olvido.
El escudellero mayor, Pere Obiols, ha señalado que entre los voluntarios hay una decena de jóvenes. "Es una gran satisfacción que la gente joven se acostumbre y que vuelva a las tradiciones", ha celebrado Obiols, añadiendo que esperan que año tras año se pueda llevar a cabo. "¡Que dure muchos años más!". El cónsul mayor de Sant Julià de Lòria, Cerni Cairat, ha declarado que "llueva, nieve o haga viento" la escudella se celebra.
La escudella lleva cociéndose en el aparcamiento del Reig desde la madrugada, a las cinco y media de la mañana con seis ollas de 150 litros cada una. La lluvia no los detiene, a pesar de que se trata de un escenario poco habitual. "El clima acompaña a quienes coman la escudella", ríe Meritxell, quien corta trozos de carne para incluirlos en el caldo final. "¡La carne se deshace sola!". Obiols confiesa que "el secreto de esta escudella es que somos toda una pandilla de compañeros y amigos y el cariño que tenemos". El proceso de cocción, que se alarga casi seis horas, sigue una receta invariable de unos 450 kilos de carne, 250 kilos de verduras, alubias, arroz y pasta. Todas las ollas se mezclan antes de servir para garantizar un sabor homogéneo, mientras que una de ellas se reserva para los propios cocineros de la escudella.
La Escudella de Sant Julià se celebra desde 1988 y hace 34 años que se organiza de manera totalmente autónoma con escudellaires del pueblo, después de unos inicios con el apoyo de colectivos de Girona y Andorra la Vella. Actualmente, la tradición se encuentra ya en su tercera generación, los fundadores superan los 80 años, sus hijos rondan la cincuentena y los más jóvenes son nietos de los padrinos. "Hace unos cuantos años que lo hago, no soy de las más antiguas, pero estamos cogiendo el relevo de las que son más antiguas, que un día se tendrán que jubilar y tendremos que empezar nosotros", ha reivindicado Meritxell, apuntando que se trata de una "tradición muy familiar e intergeneracional". "Es importante y tienen que ser [los jóvenes], porque esto no se puede perder nunca. Nunca, nunca, nunca. El relevo tiene que continuar, pero ya está. No tenemos miedo porque ya está", ha celebrado la voluntaria.
El joven voluntario Jesús Mínguez ha expresado que "si los jóvenes no nos implicamos, todas las tradiciones se perderán". Jesús apunta a la baja natalidad, cada vez hay menos jóvenes, y la tradición debe seguir. "Nos hemos criado aquí toda la vida, cada vez somos menos, no nacen niños en Andorra, tenemos que intentar tener un poco de arraigo a lo nuestro", ha aseverado. El joven también ha invitado "a los recién llegados, también lo vean y se integren, que al final esto forma parte de hacer pueblo". Bartolomé también ha querido valorar el relevo generacional y la creciente participación de jóvenes.
“Es un acto familiar y de convivencia muy arraigado, que se pasa de padres a hijos, y cada año acogemos a nuevos hermanos que se quieren sumar”, ha afirmado. Cairat ha asegurado que el relevo generacional "implica, en primer lugar, que las tradiciones se mantienen y perduran". "Es algo muy positivo y que nos transmite de generación en generación no solo dentro de las familias, sino también de gente nueva que se va incorporando a la Hermandad y poder mantener vivas estas tradiciones es algo que nos hace muchísima ilusión desde el común poder colaborar”, ha concluido el cónsul.
