Bienvenido Mister Marshall (Día I)

La visita de Macron altera el funcionamiento del país

27 de abril de 2026 a las 19:27h
Llegada del Copríncipe Macron al Pas de la Casa. Servicio Fotográfico de Gobierno

La llegada del copríncipe francés, Emmanuel Macron, ha vuelto a poner delante del espejo una realidad incómoda: la relación que una parte del país mantiene con sus propias instituciones y, sobre todo, con el concepto de soberanía.
Durante días, Andorra ha vivido pendiente de una agenda milimétrica, con calles cortadas, dispositivos excepcionales y una escenificación que, más allá del protocolo, tiene un aire de exageración difícil de justificar. No se trata de cuestionar la relevancia institucional de la visita, que la puede tener, sino de poner el foco en la manera como se recibe.

Por qué la pregunta es inevitable: ¿por qué este despliegue casi reverencial no se produce cuando visita el país el otro copríncipe, el obispo de Urgell, Josep-Lluís Serrano Pentinat? ¿Por qué no hay la misma movilización, ni la misma expectación, ni, menos aún, esta sensación de fascinación colectiva? La respuesta, aunque incómoda, apunta a una cuestión de mentalidad.

Hay una parte de la sociedad y de las instituciones que parece actuar con una actitud más propia de súbditos que de ciudadanos de un Estado soberano. Saludos sobreactuados, gestos de sumisión simbólica y un lenguaje que recuerda más una visita colonial que el encuentro entre iguales que debería ser.

La comparación con la película Bienvenido Mister Marshall no es gratuita. Aquel pueblo que se transformaba para impresionar a un visitante extranjero, con una mezcla de esperanza, ingenuidad y dependencia, encuentra hoy un reflejo inquietante en determinadas actitudes que se han podido ver estos días en las calles y despachos del país.

Andorra no es ninguna colonia, ni tampoco debería actuar como si lo fuera. Su singularidad institucional con dos coprínceps es precisamente eso: una singularidad. Pero esta no debería derivar en una jerarquía emocional o simbólica entre los dos. Si se defiende el modelo, hay que hacerlo con coherencia.

El problema no es que venga Emmanuel Macron. El problema es cómo se le recibe. Y, sobre todo, qué dice eso de nosotros mismos. Si cada visita se convierte en un ejercicio de subordinación disfrazado de protocolo, quizás el debate que hay que abrir no es sobre la visita en sí, sino sobre la madurez institucional y cívica del país. Y si nos creemos aquello del CO-principado o ya nos va bien ser una coloniecita francesa.

Este ha sido solo el primer día y de actividad más bien poca. Pero lo que ya ha dejado claro es que Andorra todavía tiene pendiente una reflexión profunda sobre su propia autoestima como Estado.