Han pasado 4 meses del 1 de octubre. ¿Qué balance hace la CUP Tortosa de los acontecimientos?
En Tortosa el 1 de octubre fue un momento de mucha cohesión ciudadana. Si se pudo celebrar el referéndum, no fue porque lo quisiera un gobierno de la Generalitat, sino porque hubo tanta gente dispuesta a desobedecer que aquello no lo paraba nadie.
Aquel día la ciudadanía vio que podía transformar la realidad. Fue muy emotivo: una cosa así justifica toda una vida dedicada a la política social.
Desde el punto de vista nacional, hemos perdido una oportunidad de avanzar hacia la República Catalana, con el resultado del referéndum y la huelga del 3 de octubre. Hemos cedido terreno al Estado.
Sin embargo, somos optimistas, porque el pueblo demostró que es capaz de resistir la represión del Estado. Es una guerra que se ganará a largo plazo. Ahora la ciudadanía ya es consciente de la realidad: el discurso de la revolución de las sonrisas ya no está sobre la mesa.
Cuando dice "a la larga" ¿estamos hablando de años?
Un Estado no se le derrota en un mes o dos meses. Ahora bien, el estado español genera muchas contradicciones: tiene una deuda impagable, la prima de riesgo, la inviabilidad de las pensiones… Estas contradicciones llevarán a más ciudadanos a ver la República como una manera de mejorar sus condiciones de vida. A largo plazo, esto nos conducirá a poder decidir nuestro futuro.
Hubo referéndum y proclamación de la República. ¿Ahora mismo les parece factible la independencia de Cataluña?
La proclamación quedó como un acontecimiento simbólico. Quien cree en la proclamación de la República se queda a defenderla en el Parlamento, a legislar y publicar leyes en el DOGC que la hagan efectiva. Se supone que estás sustituyendo un poder; lo que no puedes hacer es marcharte y abandonar este centro de poder.
Se debería haber llamado a la población catalana a defender el derecho a decidir su futuro; avisar de que existía la amenaza de una represión contundente del Estado, pero que fuera la ciudadanía quien escogiera si estaba dispuesta a defender su república. El miedo a la represión es una excusa para intentar justificar que faltara coraje para hacer efectiva la declaración.
¿La actitud de la Generalitat no fue coherente?
No se trata de censurar actitudes individuales. Ahora bien, si realmente apuestas por una declaración de independencia, debes ser consciente de las consecuencias que se derivarán. Si no, te apartas y dejas entrar a otros que sí estén dispuestos a asumir estas consecuencias. Y lo digo desde el máximo respeto por la gente que está sufriendo las repercusiones de todo ello.
¿Creéis que la Generalitat, incluida la CUP, habéis pecado de ingenuos?
Nos sorprende que el Gobierno no previera este nivel de represión estatal. El estado español siempre ha sido muy duro con cualquier cosa que desafiara el establishment. En el estado español siempre ha habido presos políticos, si bien hay una parte de la sociedad que ahora se ha vuelto más consciente de ello.
Quizás en la CUP confiamos demasiado en lo que nos decía el Gobierno, porque incluso se nos privó de cierta información. Quizás no fuimos lo suficientemente beligerantes como para exigir más transparencia en la información y una toma de decisiones más colectiva. También hay que tener en cuenta que nuestra fuerza para imponer la vía del enfrentamiento más directo con el Estado, con la desobediencia pacífica, pero contundente y firme, es limitada.
¿Tiene futuro la CUP?
La izquierda independentista tiene futuro, y la CUP es el resultado de la izquierda independentista. No es, sin embargo, un partido clásico, en el sentido de que su objetivo no es perdurar. Formamos parte de un proyecto más amplio: conseguir la independencia de Cataluña para mejorar las condiciones de vida de las personas. Ahora mismo es una herramienta útil para la izquierda independentista, pero puede que dentro de cuatro años ya no lo sea.
¿Os imagináis un presidente de la Generalitat cupaire?
Siempre hemos visto la vía institucional como un altavoz de nuestro discurso, una herramienta para presionar.
Nuestra aspiración no es gobernar, sino transformar la sociedad. Ahora bien, en el contexto actual, si es necesario que la CUP entre en un futuro gobierno de la Generalitat para garantizar que se avanza en el camino para hacer efectiva la República, estamos dispuestos a hacerlo.
La sociedad debería cambiar mucho para tener un presidente de la CUP. Como hemos visto en Madrid y en Barcelona, si no hay una sociedad combativa, capaz de defender sus derechos, ningún gobierno o alcaldesa tendrá nunca fuerza para hacer políticas que cuestionen el poder, aunque quiera; hay muchos lobbies presionando.
¿Y un alcalde de Tortosa cupaire?
Como he dicho, no creemos que desde el seno de las instituciones puedan cambiarse las cosas. A menudo, cuando la CUP plantea ciertos cambios, el Ayuntamiento nos dice que técnicamente o legalmente no son posibles; si el pueblo lo exigiera, sin embargo, el gobierno local lo haría.
Tortosa necesita un cambio y nosotros estamos dispuestos a facilitarlo. Ya hace demasiado tiempo que las mismas personas lideran la ciudad.
Se debe transformar la sociedad para que las instituciones se vean obligadas a cambiar. Se necesita una sociedad más politizada y sin miedo a renunciar a un poco de confort para poder aspirar a construir una sociedad mejor.
¿Es muy desigual, la sociedad tortosina?
En el Baix Ebre, el 89 % de los contratos que se firman son temporales e inferiores a tres meses. En Tortosa hay más de 1500 familias que necesitan la ayuda de Cáritas y Cruz Roja para poder comer. Entre el 15 y el 20% de la población necesita estas ayudas, y tenemos un 50 % de paro. Esto es invitar a los jóvenes a marcharse, no hay perspectivas.
El capital humano que debería transformar la sociedad se marcha a estudiar y ya no vuelve, porque aquí no tiene expectativas laborales. Hay mucho camino por hacer, en las Terres de l'Ebre.
Ya hace años que hay universidad, en Tortosa.
Sí, pero echamos de menos más grados vinculados al territorio, por ejemplo, relacionados con el sector agroalimentario.
En Tortosa, y en las Terres de l'Ebre en general, hay una apuesta muy clara por el turismo, y nos parece un error. Este sector puede ser una de las patas del modelo productivo, pero no la única. Genera puestos de trabajo precarios, temporales, muy estacionales.
Hay que pensar en el potencial del territorio: si tenemos productos agrícolas, ¿por qué no los transformamos aquí, en vez de enviarlos a Lleida? Disfrutamos de una masa forestal muy importante, que podemos vincular a modelos de producción más ecológicos.
Por otro lado, en la Cataluña central hay ciudadanos que van a trabajar a Barcelona y a dormir al pueblo. Aquí necesitamos unas infraestructuras más dignas, para que un tortosino pueda, por ejemplo, ir a trabajar con transporte público al Camp de Tarragona. La responsabilidad no es exclusivamente de los gobiernos ebrenses: toda Cataluña necesita potenciar el equilibrio territorial.
Políticamente, ¿cómo ve la sociedad tortosina?
Para nosotros entrar en el Ayuntamiento fue una sorpresa muy grata. En la capital del Baix Ebre hay diversos factores, como la influencia del obispado, el caciquismo o la represión franquista, que quizás explican el hecho de que la sociedad sea conservadora.
Una muestra de ello es el hecho de que se acabe de cambiar el nombre de una plaza, la de Joaquim Bau, que llevaba el nombre de un hombre que apoyó a dos dictaduras, que formaba parte de un gobierno que bombardeó la ciudad.
¿Por qué cree que no se había cambiado antes el nombre?
Ha habido una omisión de responsabilidad institucional por parte del Ayuntamiento y de la Generalitat. No han explicado a la población lo que significaban ciertos símbolos y personajes. Mucha gente se ha acabado acostumbrando.
Además, el bando que ganó la guerra ejerció su poder y no ha habido la valentía política para ser coherentes, aunque ello implicara perder votos.
¿Qué actuaciones hay pendientes?
La CUP pide que se cumpla la Ley de Memoria Histórica y se retiren los símbolos y los nombres franquistas de la ciudad. Hemos presentado mociones y el equipo de gobierno nos ha dicho que se irían retirando. Todavía tenemos monumentos, como el monolito del parque, dedicados a quienes vinieron a pegarnos el 1 de octubre. El monumento franquista más grande de Cataluña también debe desaparecer del río Ebro. Y la Cruz de Santa Clara.
Vuestro grupo se ha manifestado en más de una ocasión sobre las deficiencias hospitalarias en la capital del Baix Ebre.
En el Hospital Verge de la Cinta, de ámbito territorial, se han cerrado plantas y quirófanos, y no se han hecho las inversiones que serían necesarias. Se han ido poniendo parches que no hacen sino postergar la solución ideal: construir un nuevo hospital.
Por otro lado, las Terres de l'Ebre necesitan más centros de atención sociosanitaria, destinadas, por ejemplo, a pacientes que se han operado recientemente. Así no sería necesario enviarlos a casa ni ocupar unas instalaciones de primera categoría.
La titularidad de los hospitales no debería ser municipal. Como que el Ayuntamiento no dispone de personal para gestionar directamente las empresas municipales sanitarias, se deriva la gestión a una empresa privada, concretamente Sagessa. Esta empresa se rige por el derecho mercantil privado, por lo que es más difícil de fiscalizar. Y estamos hablando de dinero público. De hecho, ha habido irregularidades que se están investigando.
MARTA MILIAN ARIÑO
