Después de tres años de desgobierno, volveremos a tener elecciones al Parlamento de Cataluña el próximo mes de febrero. Estas serán las cuartas elecciones catalanas en nueve años, lo que evidencia un claro síntoma de los sucesivos y permanentes fracasos de los gobiernos independentistas.
Un independentismo que se readapta constantemente a la evolución de los acontecimientos pero que sin el Partido Popular en el Gobierno del Estado ve como su mensaje se va diluyendo. Porque no se puede vender la necesidad de la confrontación si al otro lado tienes un interlocutor que reclama diálogo y acuerdo. Es complicado hablar de una impetuosa y necesaria ruptura democrática cuando al otro lado de la mesa se sienta un Gobierno del Estado que reivindica la necesidad de negociar, de acordar y de pactar una salida que cuente con toda la sociedad catalana.
Y ante esta actitud dialogante y abierta del Gobierno español el independentismo ha sufrido una crisis de identidad. El discurso de una España que no escucha se tambalea y el proyecto va quedando desnudo, dejando a la vista de todos las vergüenzas de unos partidos independentistas más preocupados en arañar cuatro votos entre ellos que de gobernar para mejorar la calidad de vida de los catalanes y las catalanas.
Y ante esta nueva situación vemos la realidad y es que el independentismo ha servido para poner la alfombra roja a unos recortes cuyas consecuencias se acentúan con la crisis económica y social que el país hoy sufre.
En Cataluña estamos acostumbrados al show, a la perfiormance permanente. A tapar con esteladas las grandes carencias que el país sufre. Este es el verdadero hoja de ruta del independentismo, seguir recortando la calidad de vida de los catalanes bajo la sombra de la estelada.
No se entiende que una fuerza que se autodenomina progresista como ERC sea cómplice de los recortes de la derecha catalana. No se entiende que ERC haya callado ante unos recortes del 20% en educación, sanidad e inversión social y aún más complicado es de entender que sean responsables de no haber revertido esta situación desde el Gobierno.
Y digo que no se entiende desde una lógica puramente ideológica. Pero, desgraciadamente, el eje sobre el que gira la política catalana no es este.
No hablamos de sanidad, hablamos de banderas. No hablamos de educación, hablamos de plebiscitos. Y claro, así nos va. El independentismo renunció hace años a gobernar en este país. Y lo hizo porque mejorar la vida de los catalanes no es compatible con un discurso nacionalista que encuentra en las banderas y las sobreactuaciones los pilares fundamentales de su obra de gobierno.
El independentismo ya sólo habla de vencer, no de convencer. Han renunciado a la idea de dirigirse al conjunto de la ciudadanía porque para ellos esto nunca ha sido un debate político, sino de un combate ideológico donde hay que derrotar a aquellos que piensan diferente.
El próximo mes de febrero la Cataluña abierta, diversa y plural debe abrirse paso. Una Cataluña que se olvide de trincheras y que abrace el clima de estabilidad y consenso que el país necesita.
Convencer, no vencer. Esto nos jugamos en los próximos meses.
Christian Soriano Garcia Secretario de Formación JSC CCTT y 1er Teniente de Alcalde en el Ayuntamiento del Vendrell
