Desde que me dedico a llenar páginas reales o virtuales de artículos de opinión he intentado hablar una vez al año por estas fechas sobre el lote de Navidad, algo que para algunos queda fuera de su memoria, para otros toda una sorpresa si les llega.
Su origen es centenario. Este era un detalle de la empresa hacia sus trabajadores para echar una mano antes de las muchas celebraciones de las puertas de Navidad. Los ha habido de todo tipo, pero quizás el más clásico está formado por unos cuantos turrones, unas botellas de vino o cava y alguna cosa más para acabar de llenar la cesta que llegaba a casa y generalmente también venía una postal navideña con el mensaje navideño del responsable del negocio.
Otros lotes provenían de empresas de servicios o productos y llegaban a profesionales, técnicos que habían tenido una relación con aquella empresa y ésta le quería premiar. Todos recordamos los despachos de algunos responsables concretos por estas fiestas navideñas, cuando el mensajero de turno iba depositando en orden todos los regalos recibidos para premiar, por decirlo de alguna manera diplomática, su atención especial para sus ofertas cuidadosas.
Muchas empresas tienen muy claro a quién se debe trabajar para tener un trato privilegiado en cuanto a los responsables de decisión. Esta es una forma de propaganda y promoción que también muchos practican, pero pasa muy desapercibido para la mayoría de nosotros.
En algunos lugares la cosa la tenían muy clara y apostaban por las populares bufandas. Estamos hablando de un dinero que se repartía de muchas maneras diferentes entre sus beneficiarios. A veces eran iguales y otras según algún criterio más o menos arbitrario o gusto o disgusto de los destinatarios.
Si hiciéramos un congreso de estos serios sobre cuál es el mejor lote de Navidad, pues podríamos pasar días y años y no sacaríamos agua clara, porque cada uno apuesta por unos criterios que pueden ser similares a los otros o no tener nada que ver absolutamente. Todas las opciones tienen sus puntos fuertes y otros débiles. Desde regalar dulces en una sociedad consumista que sólo favorece el gasto a repartir unos euros que rompen la magia del lote de Navidad porque este no es el espíritu de la medida en sus orígenes.
En nuestra sociedad consumista donde la Visa es una de las reinas de estas fiestas navideñas quizás lo que muchos no necesitan son lotes de Navidad, sino unos horarios más razonables para estar en casa con los suyos y disfrutar de la familia. Hoy en día en que todo se puede comprar y vender es muy triste que tengamos estos horarios comerciales tan amplios que obligan a muchas personas a estar trabajando muchas horas fuera de su ámbito personal.
En nuestras fechas ya es preocupantemente normal ver cómo los domingos rutinarios a las 12 del mediodía vemos las grandes superficies llenas de coches y gente comprando.
Nos hemos cargado el ritmo semanal. Estamos cada día más próximos del calendario laboral chino donde los días festivos efectivos brillan por su ausencia.
Los lotes de Navidad deberían ser packs de horas para que los trabajadores durante estos días pudieran estar con los suyos. Igual que ahora casi cada día del año lo tenemos dedicado a una causa más o menos importante, la Navidad debería recuperar la tradición de cada uno en su corral.
No creo que pase nada extraño en nuestra sociedad porque algunos establecimientos fueran más racionales y humanos en sus horarios. Conozco negocios que cuando abrieron hacían un montón de horas y al final redujeron su apertura a la franja más rentable. Esta es una manera de que todo el mundo esté más satisfecho desde el responsable que ahorra dinero cuando la afluencia es más escasa, hasta los trabajadores que pueden aprovechar estas horas para otras tareas. En nuestra sociedad lo que sufrimos la mayoría de mortales es un problema de tiempo, muchas cosas se pueden comprar más o menos caras por internet o físicamente, pero el tiempo aún es una de las grandes carencias que puede derivar en muchos efectos secundarios que todos conocemos.
Miquel Casellas
