Iria Esteller es una joven de 33 años que decidió ir a vivir a Cadaqués (Alt Empordà) hace poco más de un año. Nacida en Barcelona, ha sido campeona de España de natación, medallista europea de waterpolo, modelo y es coordinadora en Cataluña de la Fundación Cousteau.
Pocos días después de llegar conoció a un hombre. "Nos enamoramos", explica. Y enseguida le ofreció ir a vivir juntos. Los primeros meses todo iba "bien" pero pronto empezaron "los insultos" y las vejaciones.
El 12 de abril y después de una agresión en la que "temió" por su vida, decidió denunciarlo a los Mossos d'Esquadra. El CAP certificó que tenía eritemas en los antebrazos y una marca de zapato en el vestido.
En el juicio rápido, el juez dictó una orden de alejamiento contra el agresor que le impedía acercarse a menos de 200 metros de la víctima. "La rompió y tuve que volver a denunciar", explica. "Hablo porque no quiero que les pase a más mujeres porque si me ha pasado a mí puede pasarle a cualquiera", afirma.
"Yo esperaba buscar un piso para mí sola, pero nos enamoramos, me dijo de ir a su casa y le dije que sí". Así es como empezó la pesadilla que relata Iria y que ha denunciado ante los Mossos d'Esquadra. Ocurrió hace poco más de un año cuando decidió trasladarse a vivir a Cadaqués. Su pareja tiene 20 años más que ella y un hijo menor de 14, pero eso no fue ningún obstáculo para que iniciaran una vida juntos en su casa. Ella se empadronó al cabo de pocos días y los primeros meses todo parecía ir bien, aunque "ya veía cosas".
"No podía salir nunca del pueblo y yo no entendía por qué, me utilizaba para ir a comprarlo todo, nunca podía ir a sacar dinero, hacía que me lo ingresaran a mí y yo lo iba a sacar", explica. Enseguida empezaron las discusiones. "Vivía de noche y dormía de día. Se ponía agresivo y daba golpes en la pared", añade.
Con los meses llegaron "los insultos" y las vejaciones, incluso, en presencia del hijo. "Me decía que mis padres no me querían, que estaba sonada, que era una mierda. Y yo no lo entendía, me sentía mal, que no valía nada", relata. Durante ese tiempo, remarca, no era consciente de que estaba viviendo maltrato. "Intentaba apoyarle, pero cada vez iba a peor", dice. Con los meses se dio cuenta de que él tenía una adicción a las drogas y empezaron las agresiones físicas.
"Pensé que era puntual"
"La primera vez que me puso la mano encima pensé que era puntual. Yo nunca había vivido una situación así, ni me he rodeado de gente así. Ahora se me cae la cara de vergüenza", afirma. "A veces, él desaparecía durante tres o cuatro días y apagaba el teléfono", explica. "Y yo cada vez me iba haciendo más pequeña", añade.
Según consta en la denuncia que interpuso el 12 de abril, el detonante fue una agresión que la hizo temer por su "integridad física". "Pensaba que me mataría", asegura. Todo empezó porque quería que le fuera a comprar unas pinturas. "Tenía que irme a L'Estartit para reunirme con mi padre y su pareja. Me encontraba muy mal y le dije que no podía. Empezó a decirme de todo. Sin embargo, le fui a buscar las pinturas", explica. Una vez en casa y según detalla la denuncia, la acorraló, la agarró por los brazos, la sacudió muy fuerte, insultó y arrojó contra la pared. También le golpeó la cabeza y la espalda contra la pared mientras la insultaba. Cuando intentó escaparse, la agarró por el jersey y le tiró una caja de madera de decoración que contenía piedras. "Tuve reflejos y vi la caja, si no me mata", asegura. Mientras tanto, consiguió llamar a su padrino, que oyó los gritos y alertó a la policía.
Finalmente, Iria consiguió escapar y salió corriendo, pero antes el agresor le dio una coz en la espalda. Pocos minutos después llegó la policía, les explicó los hechos y le recomendaron que fuera al CAP. Allí y según consta en el informe, le certificaron eritemas en los antebrazos y una marca de zapato en el vestido a la altura de la espalda. Pidió una orden de protección. Después de que la policía lo detuviera, en el juicio rápido que se celebró al día siguiente, el juez decretó una orden de alejamiento.
Sólo dos días después, Iria acudió de nuevo a los Mossos para ampliar la denuncia. En el escrito, hizo constar que el agresor cambió la cerradura del piso que compartían, que rompió la orden de alejamiento y que le envió dos mensajes la misma noche del 13 de abril. Está previsto que el caso llegue a juicio el próximo mes de septiembre.
"No dicen nada por miedo"
Ahora, Iria quiere denunciarlo públicamente para dar voz a otras mujeres que estén en situación similar y evitar que haya más que lo sufran. "Hoy en día las mujeres se esconden porque te amenazan y te persiguen y te haces pequeña. Pero yo dije que saldría adelante porque no quiero que ninguna mujer pase por esto", afirma. De hecho, dice, ha recibido el apoyo de muchas mujeres del municipio. "Les pasa a muchas de las que conozco de aquí, pero no dicen nada por miedo", afirma.
En estos momentos, vive en casa de un familiar a pocos metros del agresor. Critica que no cumple la orden de alejamiento decretada, que a menudo pasa por delante suyo con la moto y la intimida y que "no pasa nada". Incluso, se ha planteado marcharse. "¿Pero por qué me tengo que ir yo?" se pregunta. "El que debería marcharse es él o irse bien lejos", insiste. A pesar de ello, admite que vive con miedo, que tiene secuelas, que no sale nunca sola cuando oscurece y que cada vez que ve a un hombre como él todavía tiene el reflejo "de levantar el brazo" para defenderse. "Ahora empiezo a dormir mejor, pero he estado muchas noches sin dormir", asegura.
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