El viaje a pie de Gràcia a Australia en “stand by” por el Coronavirus

Hace 10 meses que Jan Janowski, barcelonés, de 37 años, se encuentra atrapado en Georgia a causa de la situación sanitaria general

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Ya va a hacer 3 años que partió. Era mayo, de 2018. Pasó su primera noche cerca del barrio de la Mina. Recorrió Maresme y Costa Brava, y en 14 meses cruzó Francia, sorteó los Alpes, y se plantó en los Balcanes, con su tienda de campaña. No sabía con certeza si en Kosovo hallaría inestabilidad. Lo comprobó! Se brindó un descanso necesario y una ruta exploradora por las Islas Griegas. A caballo entre el Egeo y el Mar Negro travesó una Turquía zambullida en protestas y atentados que por poco lo alcanzaron. Quedaba atrás 2019 y vislumbraba ya el Cáucaso, con la intención de llegar en unos meses a Bakú (Azerbaiyán) y embarcar para pasar de costa a costa del Mar Caspio. Allí, a través de las repúblicas desconocidas de Turkmenistán, Uzbekistán y Kazajistán, debía empezar esa segunda etapa, completamente asiática, de una aventura en toda regla, que soñaba desde niño. Una hazaña en compañía esporádica de amigos que lo visitaban, de curiosos que seguían un pedazo de trayecto, de personas amables y hospitalarias, como Dominique, Nel, Eloa y Cynthia, su segunda familia francesa, que cruzaron su camino. Un periplo perseguido por su socio inseparable, el “monowalker”, un carro de dos ruedas, gentileza alemana, que le sirve de maleta, que arrastra con sus brazos, que pesa unos 50 kg bien cargado y  que yace desde marzo aparcado en un rincón de Tbilisi.

Georgia, un pequeño país todavía con heridas de un conflicto bélico reciente, cerró totalmente sus fronteras hasta julio. La parálisis lo sorprendió a él avanzando hacia el este y observando reticencia en muchas tiendas de productos básicos que bajaban las persianas a cualquier fisonomía extranjera, potencialmente “contagiosa”, que juzgaran peligrosa. Parecía en verano que la cosa mejoraba. El de Gràcia transformó dificultad en oportunidad, y aprovechó, sabiamente, para descubrir un país bello, geográficamente muy variable, con endemismos sorprendentes y una biodiversidad desconocida. Detenerse tanto tiempo no entraba sin embargo dentro de sus planes, más que para un extra, para una excursión recomendada o un descanso merecido. Parecía, inicialmente, un paréntesis, y poco más. Pero pasados ya 10 meses de parón mundial, nadie puede asegurar, ni calcular, ni menos aún planificar. La incertidumbre del momento se traslada ahora a su futuro. La frontera rusa permanece cerrada. La movilidad con los estados vecinos, restringida. Los recursos, a pesar de ejercer temporalmente como profesor de castellano por la red, son limitados. Un posible retorno, al menos temporal, a Cataluña, ha pasado ya por su cabeza.

Mientras tanto, la harmonía natural continúa combinando y confundiendo en ocasiones la belleza y el peligro. La soledad desnuda al alma y expone, pero enseña, no tan sólo a superar dificultades, mas también a inspeccionarse a uno mismo, que es la única manera de poder empatizar de igual a igual con el entorno. Un libro del naturalista malagueño Nacho Dean “La gran aventura de la vuelta al mundo a pie”, acabó de decidir, en 2016, su voluntad desde Polonia. Su meta era huir de esa prisa para nada de la sociedad contemporánea, de la aglomeración, de la desigualdad, de la vanidad, de la desconexión. Esta empresa, sin embargo, nunca es, como así parece a simple vista, un camino de rosas. Resbaló, se golpeó contra una roca, se dislocó el hombro en las Gargantas del Ardèche y tuvo que guardar reposo un mes y medio. En Atenas despertó una noche horrorizado, en un barrio acomodado, cuando un grupo de chavales, así sin más, arremetía, a pedradas, en contra de su saco de dormir. En Albania fue asaltado. En Venecia se cruzó con la tormenta Vaia, que tumbó tan sólo en la llanura de Marcesina 14 millones de árboles en octubre de 2018. Ha pasado frío, hambre, sed, nostalgia y miedo, sí, ese instinto que hace falta descubrir más bien como un aliado que previene. Pero al mismo tiempo ha contemplado vastos e infinitos paisajes, ha bebido de costumbres variopintas, y ha compartido vivencias impagables. Y por encima de todo ha documentado cada instante, a través de un trabajo arduo, podríamos decir que hasta de fotoperiodismo siendo geólogo, por medio de un diario personal archivado en su cuenta de Instagram (@siberiano_explorer), que incluye textos y fotografías de un valor incalculable. La cosa es clara, nada lo ha podido detener, y eso ya de entrada, es envidiable.

Ahora espera ver pasar esta pequeña sombra por la que atraviesa el mundo, y llenarse  de fuerzas renovadas para cuando el curso de ese río vuelva a fluir con toda naturalidad. Y seguir así su meta hasta llegar a las antípodas, y mirarse desde allí los pies, en un par de años más o menos, desde Sidney, desde Auckland, y vislumbrar en línea recta y hacia abajo, como pisan allá al fondo, su querida Barcelona.

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