Christian Soriano: “Entre la socialdemocracia y el socialismo (real)”

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Imatge de Christian Soriano. (Cedida)

Decía Mario Benedetti que “la muerte es sólo un síntoma de que hubo vida” y la práctica desaparición de la socialdemocracia en el escenario político europeo es ya sólo un recuerdo efímero de aquellos años en los que la bonanza económica y la estabilidad política gobernaban el panorama del viejo continente.

Con la llegada de la por todos conocida “crisis económica”, los ejecutivos socialdemócratas se quedaron paralizados. Ante tal desajuste económico los grandes partidos de centro-izquierda decidieron dar un volantazo a la derecha para intentar subsanar los síntomas que predecirían la situación de hoy. Pero claro, el virar hacia políticas neoliberales y el acercarse a zonas conservadoras ha desdibujado una ideología que, hasta entonces, veía en las políticas sociales y redistributivas el pilar fundamental de su proyecto.

Sólo hace falta mirar el declive de los partidos socialdemócratas en ámbito europeo durante los últimos años. El Pasok griego pasó del 44% de los apoyos en las elecciones del 2009 al 6% en los comicios de 2015 (descenso del 38% de apoyo). El PvdA, partido tradicional de izquierdas de los Países Bajos, consiguió hace unas semanas el 5,7% de los votos, casi un 20% menos que en 2012. Durante el mismo año, en las elecciones presidenciales francesas más del 50% de los apoyos fueron para el Partido Socialista pero a día de hoy los sondeos le sitúan en el 13%. Y qué decir del PSOE que en menos de 8 años ha conseguido reducir su base electoral a la mitad, cerca del 20%.

Muchos son quienes afirman que estas reacciones electorales son normales en un contexto de crisis económica, que cuando la tormenta escampe la luz de la socialdemocracia volverá a iluminar con vehemencia al grueso de los gobiernos europeos incluido el español.

Pero no es así. La socialdemocracia española murió en el despacho donde se pactó la reforma del artículo 135. Allí, entre aquellos sillones, el neoliberalismo más rancio apuntó a una socialdemocracia que veía como sus propios representantes apretaban el gatillo.

Ante las políticas austericidas del Partido Popular la respuesta socialdemócrata ha sido la del silencio. Un silencio que, además, le hace cómplice del permanente secuestro de libertades y derechos que los ciudadanos han sufrido por parte del gobierno de la derecha española. Porque no hubo respuesta, porque no hubo alternativa, porque no hubo proyecto. Y oigan, esto es una realidad.

La socialdemocracia no ha sabido recoger el descontento de la sociedad española, se ha puesto traje y corbata. Y de ahí se deducen los constantes chascos electorales y la desconfianza de los españoles hacia un proyecto que se encabezona en ser la muleta del partido de la Ley Mordaza, la LOMCE, la Reforma Laboral…y un sinfín de atropellos hacia la sociedad que lo socialistas defendemos.

Uno de los pilares de este pinchazo electoral reside en el voto de los jóvenes. Al PSOE solo le vota un 13% de los menores de 25 años, mientras que al segundo partido de la izquierda lo hace hasta un 44% de la sociedad española. ¿Tiene que ver con la crisis económica? No. Va relacionado inequívocamente con la falta de proyección de una alternativa ilusionante, viable y de izquierdas que reestablezca un orden social basado en el progreso y la lucha contra la insolidaridad de unas élites que llevan ya demasiado tiempo dando por saco.

Así es muy difícil (imposible para los más realistas) que el Partido Socialista pueda volver a ganar unas elecciones en este país. ¿Por qué? Primero por la adhesión de este a una socialdemocracia muerta que navega a la deriva en un mar de incertidumbre y desconcierto. Y segundo, por la falta de una base sólida de electores que crean en el proyecto que el partido puede y debe ofrecer.

La socialdemocracia se quedó sin proyecto y el PSOE sin socialdemocracia, sin vida.

Enterrada la socialdemocracia sólo el resurgir del verdadero socialismo podría hacer renacer al partido. Un socialismo fresco, de izquierdas (pero de verdad), progresista y que ilusione entre los votantes de más corta edad. Tampoco es tan difícil. Se trata de volver a representar la izquierda, de abanderar la lucha contra las injusticias sociales que perduran en nuestro país y de recuperar una confianza que muchos enterraron junto a las políticas socialdemócratas.

Y de los tres candidatos a la secretaría general del PSOE el único comprometido con la elaboración de un nuevo proyecto progresista e ilusionante es Pedro Sánchez.

No es el quién, sino el qué. La candidatura de Sánchez representa la lucha contra las élites (barones borbonizados), la esperanza de la militancia para derrotar a una manera de hacer política que está despeñando al partido al más acantilado de los precipicios.

La coherencia y las manos limpias de pactos con la derecha rancia y conservadora representada por el Partido Popular son bazas suficientes para legitimar a Sánchez como impulsor del resurgir del verdadero socialismo.

Le acompañan las bases, aquellas que decidieron hacer renacer al socialismo. Y  lo hicieron juntas, con una sonrisa, apoyándose en los valores y principios que un día hicieron grande al Partido Socialista.

Seguir muriendo aferrados a una socialdemocracia inerte o renacer abrazados a la esperanza de un nuevo socialismo. Así de simple.

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